El mundo sin trabajo


El mundo sin trabajo
Pensando con Zygmunt Bauman
Rudy Gnutti Icaria Editorial

Este libro parte de las reflexiones que el profesor Zygmunt Bauman elaboró para el documental In the Same Boat (2016).

Zygmunt Bauman, junto a un selecto grupo de pensadores (José Mujica, Serge Latouche, Tony Atkinson, Mariana Mazzucato, Erik Brynjolfsson, Daniel Raventos, Rutger Bregman, Nick Hanauer...) analiza la problemática más preocupante de nuestro siglo: cómo el cambio tecnológico que, según las predicciones del economista más importante del siglo xx, John Maynard Keynes, «nos iba a procurar una riqueza inmensa y la solución a todos los problemas económicos», nos está llevando, por el contrario, a una dramática desigualdad, injusticia y a una vía sin retorno.


El recoge tanto las preguntas como las propuestas para poder adaptarnos a nuevos trabajos, nuevas reglas económicas y sociales y, sobre todo, y quizás lo más complicado, a una nueva forma de vivir.

Elecciones y anarquismo



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George Carlin - La Inutilidad de Votar



Entrevista a Bob Black


Entrevista a Bob Black por María Iglesias Real para Diario Público.



Bob Black: "No es lo mismo "patatas en un saco" que "un saco de patatas". La idea de cambiar el sistema está en muchas cabezas, quizá en la mayoría, pero está resultando difícil agregar a los descontentos del mundo para lograr una alternativa en el s.XXI". Con vosotros, el anarquista estadounidense autor del ensayo "La abolición del trabajo".

Para leer la entrevista completa aquí: http://www.publico.es/soci…/bob-black-mejor-seria-renta.html

Sindicato de manteros y lateros de Madrid





https://m.facebook.com/sindicatomanteroslaterosmadrid/
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Pos-trabajo 1


Deconstrucción de la clase trabajadora. Evolución de nuestro desclase o  involución de nuestra clase.



En Madrid, en los años 60/70 hay constancia de vida colectiva en los barrios obreros, que era la traslación del modo de vida rural a ambientes urbanos. Los portales estaban abiertos y los vecinos se conocían; se ayudaban entre ellos superando, incluso, los conflictos personales que tuvieran (no necesitaban caerse bien). Las Asociaciones de Vecinos funcionaban apoyándose, igual que las casas de cultura o regionales. Esta forma de funcionar se trasladaba a los puestos de trabajo. Si bien, hablamos por experiencias vividas en nuestros entornos, no es de extrañar que estas mismas situaciones se produjesen en otros sitios como Barcelona, Valencia, Bilbao o Roma… En contraste hoy, bombardeados de propaganda, estas dinámicas y formas de organización han quedado en desuso y franca decadencia.

Hoy se dice que Amancio Ortega es un buen hombre (“nos da trabajo”) o que Mercadona es un referente de empresa donde trabajar. Se hace defensa de los empresarios por parte de los trabajadores, imbuidos en esa propaganda global, donde participar de fiestas y homenajes al empresario que te explota es la forma de agradecimiento por tener trabajo (aunque en muchos casos también es una participación obligada o “sugerida”).




En estos días en series de TV, Películas, etc. se muestra a las clases específicamente trabajadoras como torpes y “tontas”, mientras que las llamadas clases acomodadas (profesiones liberales) aparecen como ejemplo y referente a seguir. La percepción social del individuo se reduce a su poderío económico. Todo se basa en ganar dinero. No en vano se habla de que vivimos en una sociedad de consumo.Todo apunta a que el problema radica en que el referente humano actual para muchas personas asalariadas-explotadas es el empresario “de éxito”, mientras que en otros tiempos existía otro referente, que principalmente era el colectivo o algún grupo obrero destacable.

Parece que la propaganda del capitalismo a favor de la auto explotación y dejación va ganando la batalla en el imaginario colectivo. Esta propaganda se trabaja desde los medios de comunicación y todas las instituciones, comienza en el Sistema Educativo/Cultural y se mantiene a través del Judicial, Policial… a través del miedo y fomentando la sumisión, realzando la figura de los propietarios-empresarios.

Esta propaganda, aunque apesta, funciona.

Se fomenta un modelo individualista/egoísta de promoción personal dentro del sistema en detrimento de la defensa del colectivo, lo que antes se conocía como “conciencia de clase trabajadora”. Esto en cuanto a las clases trabajadoras, sin embargo los empresarios siguen teniendo muy clara su pertenencia a su clase social, la dominante (“Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando” Warren Buffett)
Ya no se pretende mejorar la situación del colectivo sino emular el ejemplo neoliberal del hombre hecho a sí mismo. Un ejemplo Steve Jobs.

Antes podías durar años e incluso toda la vida en un centro de trabajo. Hoy, un día estás en un sitio y mañana puedes estar en otro, flexibilidad laboral beneficiosa para el empresario y perjudicial para el trabajador. Hay hasta contratos por hora, e incluso horas de trabajo sin contrato.

Los problemas laborales existían antes y ahora. Antes cuando había un problema laboral se enfrentaba colectivamente. Ahora se enfrenta individualmente o ni siquiera se enfrenta, se asume como normal o inevitable: por falta de formación o auto formación por parte de los trabajadores, por miedo a sufrir represalias, por el deseo de prosperar dentro del escalafón jerárquico…Currantes que defienden la ley aunque vaya contra ellos. Asumen la propaganda interna: empatizan más con el empresario que con quien pudieran establecer una relación de igual a igual. ¿Será por comodidad para el trabajador, adoptar una postura pasiva en el conflicto de manera que no sienta necesidad de luchar, pensar o cuestionarse su situación “porque la vida es así”? Y así acabar aceptando las leyes, la justicia, el empresario, etc, tal y como se le presentan.

Desaparece la conciencia y la lucha que había antes. El concepto de “clase obrera” se pierde en la llamada “clase media” desestructurada e individualizada. Es más, esa propaganda sistémica se cuela hasta tal punto en el imaginario colectivo de manera que incluso las personas trabajadoras no quieren identificarse con una “clase baja”. El sindicalismo ya no es entendido como organización en el trabajo para la defensa del grupo, quedando absorbido por el sistema, desgastado, vacío de contenido y a la venta. Todo parece apuntar a que lo mismo está ocurriendo con otras luchas: feminismo, ecologismo, etc. La mafia de las instituciones acoge y adopta todos estos términos de lucha a su discurso en forma de propaganda/publicidad trazando una línea muy estrecha en la que se sitúa lo “moralmente aceptable” frente a lo “radical anti-sistema”, llegando incluso a utilizar toda la fuerza represiva del Estado contra estos últimos.

http://apoyomutuo.org/pos-trabajo-1/


Tal vez si nos concentramos ...



Mata al concejal que llevas dentro





La lucha por el tiempo libre




El trabajo asalariado marca los ritmos de nuestra vida. Nuestra cotidianeidad viene determinada por la necesidad que tenemos de vender nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir. En este contexto, nuestro tiempo deja, en una parte importante, de pertenecernos. Pero no nos conformamos, no nos sentimos dignificados por tener que trabajar 40 o más horas semanales, nos jode no poder ver más a nuestros seres queridos, no poder disfrutar de nuestras pasiones. Y es por ello que creemos que es importante potenciar una lucha por la reducción de la jornada laboral, pero no a cualquier precio, no al de los “minijobs” o la miseria de tener que encadenar dos trabajos a tiempo parcial mal pagados. Para abrir el debate, os presentamos este artículo que hemos traducido de la revista estadounidense Jacobin. No compartimos todos sus puntos de vista, pero nos parece un interesante punto de partida sobre el que empezar a construir un discurso y una práctica.

El mes pasado, el mayor sindicato alemán, IG Metall, lanzó una campaña con profundas raíces históricas. Dicho sindicato – que representa a unos 2,3 millones de trabajadores fabriles – está usando las negociaciones salariales anuales para reclamar una reducción en la semana laboral, de las 35 horas actuales a 26, argumentando que permitiría a los trabajadores, entre otras cosas, cuidar de niños y parientes mayores. Con esta iniciativa, IG Metall ha vuelto a poner en la palestra uno de temas más sagrados y tradicionalmente exitosos del movimiento sindical: el tiempo libre para los trabajadores.

El tiempo libre, como argumenta IG Metall, es esencial para una dignidad básica; para cuidar de nosotros mismos y nuestras comunidades, necesitamos tiempo más allá del que empleamos en generar ganancias para nuestros empleadores. Tan importante como esto, necesitamos realizar nuestro potencial humano. Nuestra capacidad de pensar independientemente, experimentar amor, cultivar amistades y perseguir nuestras propias curiosidades y pasiones requiere de un tiempo que es nuestro, tiempo que no pertenece ni a nuestro jefe ni al mercado. En esencia, la campaña por menos horas de trabajo trata de liberación, tanto individual como colectiva.

Sorprendentemente, hace tiempo que éste dejó de ser un punto importante en las plataformas políticas en Estados Unidos, incluso en la izquierda. Pero no siempre fue así. “La duración de los días de trabajo”, argumentan los historiadores del trabajo, “históricamente ha sido el tema central planteado por el movimiento sindical estadounidense durante sus periodos más dinámicos de organización”.

Los mártires de Haymarket estaban luchando por las ocho horas de trabajo diarias (“ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas para lo que queramos”, decía el lema de aquella época). Durante la Gran Depresión, en medio de una lucha laboral significativa, se llevó a cabo un intento fallido a nivel federal de recortar la semana laboral a las treinta horas. Durante décadas, el sindicalismo estadounidense vio en la lucha por el tiempo libre una demanda que podía unir a trabajadores calificados y no cualificados, a empleados y desempleados.

Hoy en día, deberíamos reclamar ese patrimonio. Reducir las horas de trabajo mientras se aumenta el nivel de vida debería ser uno de los temas centrales de la izquierda.

Las razones por las cuales esta reclamación desapareció por el camino son innumerables y complejas. El historiador Benjamin Kline Hunnicutt señala que en los EEUU la cultural de consumo de posguerra, la expulsión de los militantes radicales de los sindicatos y el impulso realizado por el capital para abrazar la idea del crecimiento económico como motor de la prosperidad, supusieron graves obstáculos que impidieron enfatizar la política del tiempo.



El auge del neoliberalismo tampoco ayudó. Generaciones de trabajadores han sido inculcadas para creer que las expresiones básicas de la humanidad pueden ser diferidas o compradas, y que trabajar duro y más tiempo es el boleto para una vida plena. Continúa avanzando por el camino laboral marcado y podrás pagar (individualmente) por un cuidado superior para tus hijos, negociar el tiempo de vacaciones, retirarte prematuramente y cobrar propiedades de inversión para dejar algo a tus herederos. Muchos sindicatos abrazaron esta nueva actitud; algunos aún abogan por un incremento de las horas de trabajo en lugar de hacer que los empleadores compensen mejor por las horas trabajadas.

Hoy en día, por el contrario, siendo la norma los bajos salarios y los empleos precarios, mucha gente, especialmente aquellos que comienzan sus vidas laborales, ya no trabajan bajo la ilusión de que dedicando más horas se consigue la llave para la dignidad y la felicidad. ¿Cómo podría serlo, si las pensiones decentes son algo del pasado o si los límites entre el tiempo de trabajo y el no laborable requieren constantes negociaciones?

En este contexto, muchos foros de la izquierda están vibrando con discusiones sobre el tiempo y la temporalidad; “capitalismo tardío”, futuros “post-trabajo” y “aceleración” se han convertido en frases familiares. Estos discursos son valiosos. Pero debido a que los objetivos reales de estas discusiones a menudo se mantienen en el ámbito de lo abstracto o lo lejano, tal retórica, por sí misma, no provee las herramientas adecuadas para una construcción de movimientos. Más si cabe, puesto que estas ideas tienden a moverse en círculos académicos u otros círculos pequeños, a menudo eluden a la mayoría de las personas que trabajan, por muy atractivas que las ideas en sí puedan ser. En otras palabras, esos viejos bribones, la teoría y la práctica, como niños gemelos corriendo en direcciones opuestas, necesitan ser reñidos y reunidos.

A corto plazo, deberíamos estar luchando por cosas como semanas de trabajo más cortas, aumento abrupto del pago de horas extra, edades menores para la jubilación, mayor seguridad social, vacaciones familiares, vacaciones pagadas, bajas pagadas por enfermedad, subsidios por hijos y años sabáticos. Todo ello apunta directamente a reducir las horas de trabajo motivadas por las ganancias y mejorar la autodeterminación de los trabajadores y sus condiciones laborales. Son objetivos tangibles y realizables sobre los que se puede construir. Y tienen la capacidad de reunir a trabajadores y desempleados. Podemos lograr el pleno empleo, por ejemplo, podando las horas de trabajo y repartiéndolas entre más trabajadores. Podemos unir al trabajador de atención domiciliaria y al pensionista expandiendo la seguridad social.

En el lado más teórico, existe una gran batalla retórica que librar sobre nociones del trabajo como fuente de significado. Y eso implica pensar más profundamente sobre el tiempo libre y cómo pasaríamos nuestras vidas en una sociedad con muchas menos horas de trabajo.

Bajo el capitalismo global, el tiempo libre es a menudo punitivo; muchas personas ya tienen grandes cantidades del mismo, desde los habitantes de los campos de refugiados hasta los parados. Y las crisis de los opiáceos y las metanfetaminas dejan claro que sin los recursos y los tejidos sociales adecuados, el tiempo libre puede ser lo opuesto a la liberación. Pero el dinero, por sí mismo, no es la respuesta. Mientras tanto, el capitalismo ha sido bastante astuto al impregnar el poco tiempo libre que tenemos con los mismos impulsos para producir y medir que asociamos al lugar de trabajo.

De forma que queda claro que sigue siendo esencial articular una visión positiva de lo que podría ser el tiempo libre y cómo podría ser financiado. Los movimientos se chocarán con un callejón sin salida sin una visión convincente de un futuro mejor; la construcción de esta visión es donde la teoría y la práctica se unen.

El momento está otra vez maduro para movilizarnos y reclamar por nosotros mismos tanto de nuestro tiempo mortal como podamos.

Como no trabajamos ya suficiente…

Por si 40 horas de trabajo semanales fueran poco, bastantes son los/as trabajadores/as que a ello le suman varias horas extra más. Ante una cultura del trabajo que fomenta el presentismo y siendo ésta una medida que beneficia al empresario/a económica y organizativamente, las horas extra se convierten en muchos empleos en una parte más de la jornada laboral. De una forma más oficiosa que oficial, muchos/as empleadores/as dan por su supuesto que cuando lo necesiten, siempre pueden exprimir un poco más el tiempo de sus empleados/as. Y algunos/as parece que lo necesitan demasiado a menudo. Por H o por B, acabamos tragando con una medida que nos quita nuestro poco tiempo libre, a la vez que se suele utilizar de forma coercitiva sobre el conjunto de nuestros/as compañeros/as.
Un estudio realizado a finales de 2016 por CCOO (en gran medida corroborado por los datos de la Encuesta de Población Activa –EPA- del tercer trimestre de ese mismo año) revelaba que el problema ya no sólo se encuentra en las horas extra en sí, sino avanzaba también que más de la mitad de estas horas extra no se pagan. Principalmente en el sector servicios y entre los/as trabajadores/as con contrato indefinido, se ha venido produciendo desde 2008 un aumento importante en el porcentaje de trabajo extra que no se remunera. Con la crisis y las reformas laborales de “socialistas” y “populares” se ha ahondado en la precariedad y la flexibilidad, que a efectos reales aumenta el miedo en el/la trabajador/a a negarse a las peticiones del empresario/a ante la facilidad del despido y las necesidades materiales en aumento de la clase trabajadora.
Al final, ya no sólo estamos hablando de un perjuicio para el/la trabajador/a desde un punto de vista económico, social o de salud, sino también de un claro fraude de cotización a la Seguridad Social (con lo que ello supone a nivel de prestaciones o jubilación para el/la empleado/a y de aumento de la plusvalía para el/la empleador/a) así como se materializa en puestos de trabajo no creados a pesar de existir una necesidad patente de trabajo por parte de la empresa. El estudio de CCOO resaltaba en este último punto que las 5,3 millones de horas extras semanales no remuneradas realizadas entre julio y septiembre de 2016 podrían traducirse en más de 150.000 empleos no formalizados.

https://www.todoporhacer.org/lucha-tiempo-libre/

En la cena de empresa ...


https://autodefensalaboral.net/


Happiness



CCOO y UGT sostienen que ya va haciendo más fresco por las mañanas




Además de mantenerse firmes en su postura sobre las bajas temperaturas matutinas, los dos sindicatos mayoritarios españoles se han mostrado muy interesados en saber cómo van las cosas por España, aunque no han precisado si se refieren a la clase trabajadora, a los ciudadanos más acomodados, a los arzobispos, al gremio de pasteleros, al pangolín o a la Casa Real. “Es una pregunta en general, sin ánimo de señalar a nadie”, puntualizaron ayer al unísono ambos líderes sindicales desde algún lugar indeterminado del Universo todo y que muchos analistas insisten en situar en una dimensión perpendicular, compuesta de gas, pequeños fragmentos de roca, fantasía y color. “No están en la Luna pero tampoco en una nube ni en un planeta, y menos aún en una oficina”, advierten los expertos.

La astronómica distancia existente entre los dirigentes de ambos sindicatos y la corteza terrestre no ha sido obstáculo para que esta madrugada se volviese a recibir una señal muy clara en la Estación Espacial Internacional que, una vez descifrada, fue remitida al Centro Superior de Investigaciones Científicas de España. “¿Estáis bien?” y “¿Cómo van las cosas por ahí abajo, campeones?” son los dos mensajes recibidos por los astrónomos y que hoy mismo ya han sido difundidos entre todos los militantes y la población en general, especialmente entre los casi cuatro millones de parados que permanecen atentos a las señales del espacio exterior. Una tercera señal de los dos secretarios generales a través de Rusia, confirmando que las mañanas en España están siendo ya más frescas, ha vuelto a reforzar la imagen de unos líderes que a pesar de su lejanía con la atmósfera de la Tierra continúan preocupados por las pequeñas cosas del día a día. “Creemos que están diciendo que os pongáis una rebeca”,  han dicho los rusos. 

http://iniciativadebate.net/2017/11/14/ccoo-y-ugt-sostienen-que-va-haciendo-mas-fresco-por-las-mananas/

Ni curro Ni maburro



Entre iguales nº4


Recuperamos este texto del Sindicato de comunicaciones y servicios informáticos de Madrid (STSI) https://www.stsi-madrid.org/ de su boletín entre iguales. Mayo 2017.


Leer/descargarhttp://www.stsi-madrid.org/wp-content/uploads/2017/04/Entre-Iguales-N%C2%BA-4-imprimir.pdf

Diccionario ilustrado obrero-libega




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EL TRABAJO EN LA VISIÓN ANARQUISTA


Continuamos repasando la tradición anarquista, con el análisis de conceptos primordiales, para evidenciar el carácter inequívocamente social de las ideas libertarias; inclusive, como veremos en otra ocasión, sus vertientes más radicalmente individualistas.




Los expertos señalan los distintos sentidos que tiene la noción de trabajo, siendo uno de ellos la idea de “realización humana”. Bakunin no diferenciaba al hombre del resto de las especies y quería ver la “necesidad” de vivir trabajando como ley de vida; para el anarquista ruso, el trabajo es garante de la existencia y del desarrollo pleno del hombre. Si algo nos diferencia de los animales es nuestra inteligencia progresiva, por lo que también nuestra capacidad productiva puede serlo. El momento en que el trabajo se hace humano, para el anarquista ruso, es cuando no solo satisface las necesidades fijas y limitadas de la vida animal, sino también las necesidades sociales e individuales del ser pensante y hablante “que pretende conquistar y realizar plenamente su libertad”. Esta ingente tarea, que Bakunin define como “ilimitada” corresponde, no solo al desarrollo intelectual y moral del hombre, también forma parte del proceso de emancipación material. Esa liberación de algunas ataduras naturales (hambre, dolor, clima, dependencia del medio…) es liberación parcial del miedo inherente a la existencia animal, algo que tiene una función positiiva al actuar como motor de esa lucha perpetua. Bakunin también quería ver, como continuación a ese miedo existencial, el fundamento de la religión. Es posible, como creemos que sostienen los científicos, que seamos el mismo “animal” que hace decenas de miles de años, y aunque podamos dudar de la mejora intelectual y moral que puede haber tenido el ser humano en ciertos aspectos, el potencial para progresar en todos los ámbitos y para transformar el medio siguen siendo enormes (otra cosa, parece, la voluntad o posibilidades para hacerlo según el contexto en que nos encontremos).

Otro sentido de la noción de trabajo es el “acto de explotación”, claramente censurable para las propuestas anarquistas siempre con una idea equitativa en el horizonte. La idea de “trabajo colectivo” se encontraba en Proudhon, el cual denunciaba que esa fuerza proveniente de la labor conjunta de los trabajadores suponía un plus que nunca se reconoce en el salario. En ¿Qué es la propiedad?, recordará que el capitalista obtiene sus ganancias “porque no ha pagado esa fuerza inmensa que resulta de la unión y de la armonía de los trabajadores, de la convergencia y de la simultaneidad de sus esfuerzos”. Otra acepción del término “trabajo” podría ser la que alude a su lado optimista y “agradable”, y que puede ser muy bien acogido por la tradición anarquista. Kropotkin consideraba el bienestar como el más grande estímulo para el trabajo, si entendemos aquél como la satisfacción de nuestras necesidades físicas, artísticas y morales. El autor de El apoyo mutuo veía en el trabajador “libre”, en oposición al trabajador asalariado, el más capaz de aportar una mayor dosis de energía e inteligencia y de realizar una tarea auténticamente productiva. Resulta claro que se vincula trabajo agradable con trabajo en libertad, y un contexto de explotación con todo lo contrario. Leticia Vita, en su trabajo “Trabajo y salario” incluido en el libro El anarquismo frente al derecho, nos recuerda que la diferenciación entre trabajo manual y trabajo intelectual, y la retribución de salarios y de condiciones de trabajo al respecto, resulta una de las mayores controversias presentes en la sociedad capitalista, lo cual supone que se eluda el manual utilizando posiciones de poder. Bakunin denunciaba ya la falta de tiempo de ocio, crucial para el desarrollo en los diferentes ámbitos, de la clase trabajadora y su condena a un trabajo físicamente esforzado, que podía deteriorar la salud e imposibilitaba la armonía en otros aspectos. Kropotkin también se pronunciará en términos parecidos y mostrará el deseo de las clases humildes de escapar de ese infierno del trabajo manual (tantas veces, sin más salida aparente que convertirse en explotador). Por lo tanto, forma parte también de la tradición ácrata el romper con esa división entre trabajadores manuales y trabajadores intelectuales.

Respecto a la noción de “salario”, la visión anarquista tratará de denunciar la falta de equidad da la idea de retribución. Proudhon veía al trabajador asalariado como un deudor permanentemente insolvente, obligado a la subsistencia presente y futura a través del salario, y al propietario como un acumulador ilegitimo de un capital apropiado, que reclama el cobro también de manera perpetua. Kropotkin niega cualquier valoración monetaria del trabajo, del tipo que fuere, realizado a la sociedad; quería observar una complejidad en la sociedad industrial y una relación entre trabajo individual y colectivo, pasado y presente, que imposibilitaría dicha medición de la retribución. Es conocido que las propuestas clásicas anarquistas, a propósito de la organización económica, pasan por el mutualismo, el colectivismo y el comunismo. El mutualismo de Proudhon niega la propiedad privada, origen de la explotación y de la desigualdad, pero considera la posesión individual como la condición de la vida social; el derecho de ocupar la tierra sería igual para todos, con lo que los poseedores se multiplicarán sin que se estableza la propiedad; si el trabajo humano resulta de una fuerza colectiva, toda propiedad se vuelve colectiva e indivisible; si el valor de un producto resulta del tiempo y del esfuerzo que cuesta, los productos tienen iguales salarios; los productos se compran exclusivamente por los productos, la condición del cambio es la equivalencia (en su precio de costo), por lo que no hay lugar para el lucro y la ganancia; la libre asociación, con la premisa de la equidad en los medios de producción y la equivalencia en los intercambios, es la forma justa de organizar la sociedad. El colectivismo, sostenido por Bakunin y adoptado por la corriente antiautoritaria de la Primera Internacional, considerará que la tierra y los medios de producción deben ser comunes, pero el fruto del trabajo será retribuido entre los productores según el esfuerzo de cada uno. Por último, el comunismo libertario aspirará a suprimir cualquier forma de salario gracias a la abundancia productiva (medios de producción comunes, y también los objetos de consumo). Se niega en esta forma comunista cualquier valoración del trabajo según el costo social de la formación del trabajador (algo inviable por los diversos factores en juego) y se demanda que haya un reparto según las necesidades de cada persona.

Son tres visiones económicas diferentes, muchas veces cuestionadas desde las distintas posiciones libertarias, pero que pueden aportar elementos novedosos al día de hoy en un panorama injusto y acomodaticio. Por muchos logros que haya habido en el último siglo y medio, vivimos en un mundo que continúa actuando bajo las premisas de la explotación y del reparto sin equidad, y que continúa utilizando como motor el autoritarismo (justificado, tantas veces, en la tutela). Estas propuestas anarquistas clásicas han servido de raigambre a otras modernas como es el caso de la economía participativa, clara alternativa al capitalismo y al socialismo de mercado, promotora de consejos de productores y de consumidores, en los que cada miembro tiene voz en las decisiones. Estos mismos consejos serían los encargados de decidir la retribución de cada trabajador. Descentralización, alternancia en la tareas, ruptura con la burocracia y con la división del trabajo intelectual y manual, acceso a la participación de todos en los diversos ámbitos…, son propuestas más o menos novedosas, aunque demandan creatividad, imaginación y, sobre todo, un punto de partido equitativo y solidario.

J. F. Paniagua

http://acracia.org/el-trabajo-en-la-vision-anarquista/

Historia del Trabajo V - El postfordismo



Cerrarmos el ciclo de programas dedicados a la historia del trabajo. Y lo hacemos analizando las transformaciones del trabajo en las sociedades de capitalismo avanzado en los últimos cuarenta años.

Junto con el sociólogo Luis Enrique Alonso intentaremos describir los cambios en la organización del trabajo tras la crisis del fordismo en los años 70.
La fragmentación, la individuación de las relaciones laborales, la descentralización, deslocalización, el precariado, etc y sus consecuencias.

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Historia del Trabajo IV - El Trabajo en el nazismo




Las dictaduras fascistas que surgieron en el período de entreguerras intensificaron todos los rasgos que el trabajo había adquirido en la civilización del capitalismo, pero además aplicaron éste como un elemento normativo y coercitivo, hasta el punto de actuar como herramienta de discriminación, represión y exterminio, haciéndole adquirir una connotación inhumana como nunca hasta entonces se había experimentado. 

Junto con el historiado Alejandro Andreassi Cieri, autor de "Arbeit Macht Frei" El trabajo y su organización en el fascismo (Alemania e Italia), analizaremos las peculariades del trabajo en el fascismo, principalmente bajo el régimen nazi. Los trabajos forzados, el taylorismo, el disciplinamiento de la mano de obra...

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Historia del Trabajo III - Taylorismo y Fordismo




Continuamos este ciclo de programas dedicados al trabajo. En este tercer capítulo, recorreremos buena parte del siglo XX a través de las transformaciones en la organización del trabajo que supusieron el Taylorismo y el fordismo. 

Junto con el historiador José Babiano, recorreremos los principios e implicaciones que tuvo la organización científica del trabajo, la división de la producción en secciones separadas, en movimientos estudiados y organizados con disciplina férrea por el empresario. 
Y con la implantación de la cadena de montaje fordista, convertido el trabajador en un mero apéndice de la máquina, atado a sus ritmos y necesidades. 

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La maliciosa invención del fin de semana que todo trabajador debería conocer


La maliciosa invención del fin de semana que todo trabajador debería conocer.
¿Por qué no les damos dos días para que consuman a gusto?




El viernes por la tarde cuando sales del trabajo, de la facultad o de la escuela seguramente es el mejor momento de la semana porque es cuando empieza el fin de semana y cuando más lejos estás de volver a la rutina del lunes por la mañana. La concepción del tiempo como una flecha que avanza en línea recta fue un invento judeocristiano extraído de las santas escrituras, pero no siempre se entendió así. La cultura maya, por ejemplo, comprendía el tiempo como una rueda que vuelve tercamente a su punto de partida. Un eterno retorno.

Se impuso la noción del tiempo lineal y entonces surgieron nuevas preguntas. La Tierra gira durante 365 días y a eso lo llamamos año, ¿pero que es un día? El tiempo que tarda la Tierra en rotar sobre sí misma y una de las siete unidades que conforman la semana. ¿Semana? Cinco días laborables y dos de descanso. Descanso: derecho adquirido que empieza a desaparecer.

Desde la revolución industrial el tiempo ha sido un campo de batalla. Antes, los trabajadores seguían ritmos orgánicos, el pescador faenaba en función de las mareas, el agricultor labraba conforme a las estaciones, el ganadero respetaba el ciclo de sus animales; después llegó el progreso con su ruido de máquinas y forzó un nuevo modelo productivo: obreros hacinados en fábricas pestilentes respirando al ritmo de la industria.

Costaba más apagar una máquina que mantenerla encendida, de modo que los trabajadores, exigidos por las circunstancias, empezaron a estirar sus jornadas. El tiempo pasó a ser una mercancía, comenzó a medirse en dólares y los patrones a escamoteárselo: los relojes de las fábricas aparecían con las manecillas manipuladas, sospechosamente siempre apuntaban hacia el pasado.  

Cuando el fin de semana no era un estándar los trabajadores idearon una argucia: entre finales del XVIII y mediados del XIX, en Inglaterra, decidieron guardar el primer día de la semana con la excusa del respeto al lunes santo -se cuenta que Benjamin Franklin presumía de haber ascendido en su imprenta gracias a que aparecía los lunes-.

Hablamos de la Inglaterra de Dickens, rica en alcohol, naipes y peleas de perro. Hablamos de obreros mal pagados dispuestos a sacrificar un día de la semana con tal de darle salida a los vicios. Tiempo contra dinero, eterno dilema.

El empujón capitalista

Uno de los grandes impulsores del fin de semana es Henry Ford. Sí, el mismo Henry Ford que ideó la cadena de producción moderna y quintaesencia del capitalismo. Primero, el empresario norteamericano aumentó el salario diario en sus fábricas de 2,34 a 5 dólares al día en un claro gesto estratégico, si los empleados tenían más dinero para consumir probablemente lo invirtieran en sus coches. Doce años después, en 1926, fue aún más lejos: ¿por qué no les damos dos días de la semana para que consuman a gusto?

Ford articuló la triste contradicción que rebate nuestra libertad: mientras media población trabaja durante la semana para consumir sábados y domingos, otros venden sábados y domingo para consumir durante la semana.

Por suerte el fin de semana tiene otras motivaciones complementarias al consumismo. Desde que el tiempo es tiempo la gente necesita socializarse con sus iguales o, los más atrevidos, con su yo interno. Una de los pocos privilegios que nos quedan a este lado del planeta es regalar tus horas libres para que otro te las distribuya.

Hay una última razón más prosaica. Durante el Crac del 29 la industria comenzó a perder músculo, los empleos se precarizaron o, en muchos casos, directamente se esfumaron. El empresariado decidió entonces reducir las horas de unos y asignárselas a otros, un parche coyuntural que una y otra vez termina por abrirse camino en las economías débiles.

El formato fin de semana terminó calando hondo y acabó exportado al resto de países. En 1955 ya era común en Gran Bretaña, Canadá y Estados Unidos, mientras que en el resto de Europa seguían apostando por sábados de jornada reducida. Quince años después ningún país europeo superaba las 40 horas de trabajo semanal y tanto sábados como domingos eran religión.

Quizás el fin de semana fue un truco capitalista, pero conviene caer en él. La otra opción es bastante peor.

http://www.playgroundmag.net/food/semana-invento-capitalista-fomentar-consumo_0_1985201494.html


TOTW: Bullshit Jobs and Anarchist Integrity




How does one make a living in this world and still have some kind of integrity as an anarchist? Usually this means handling money, and often that means having a job, and most likely that job is bullshit. But of course, none of this necessarily has to be the case.

Various sub-philosophies within anarchism have been advocated for how to do this, namely Illegalism (stealing for a living), Agorism (black market businesses), Rewilding (hunting & gathering) and Communalism (living & working on communes). But even though these approaches exist, very few anarchists seem to actually practice this. And those who do practice it don't tend to do it for very long or they treat it as a kind of side-hobby to engage in on their free time off of work (i.e., that which really pays the bills).

And then on the other end of the spectrum, there are the ways of making a living that are absolutely off-limits for anarchists. Usually these are considered to be jobs in law enforcement, the military and being a prison guard. Sometimes the sphere of forbidden jobs is expanded to include anything where one is employed by a government or where one is a boss who has the ability to fire & hire other people. But even with that, there are anarchists out there who have those kinds of jobs. So the zone where one can lose one's anarchy card based on one's profession then gets to be a bit murky.

So between these two extremes, pristine revolutionary purity on the one hand and complete hypocritical douchebaggery on the other, how do we navigate life in this world dominated by capitalism and statism, maintain some sense of dignity and integrity as anarchists, and still reliably get food on our tables and keep a roof over our heads? (and once you've figured that out please put in a good job reference for us)


12 historias de Ludditas


Los llamados ludditas fueron artesanos y trabajadores ingleses del sector textil, que a principios del siglo XIX se opusieron a la introducción de nuevos telares y maquinaria, con la intención de defender no sus oficios, sino su modo de vida y su manera de entender el mundo



“La ‘modernización’ del mundo ha venido de la mano del establecimiento de redes cada vez más tupidas. Estas redes que generalmente sólo se conceptúan como de comunicación y de información, en realidad son redes de control social”. Con este contundente párrafo comienza una de las doce historias que nos propone esta recopilación de artículos, algunos publicados en el blog Negre i Verd o en la publicación Libres y Salvajes y otros son inéditos.

Los llamados ludditas fueron artesanos y trabajadores ingleses del sector textil, que a principios del siglo XIX se opusieron a la introducción de nuevos telares y maquinaria, con la intención de defender no sus oficios, sino su modo de vida y su manera de entender el mundo.

Los protagonistas de estas historias, que vivieron en distintas partes del mundo y en momentos y contextos muy diferentes a la Inglaterra decimonónica tienen muchas confluencias con los ludditas ingleses, pese a que no se les atribuya dicha denominación.

En primer lugar, comparten métodos con los ludditas clásicos, el sabotaje, junto con otras tácticas de resistencia, para defender su vida de la dominación fabril. Por otro lado, en todos estos actos de resistencia hay otro nexo común, la capacidad de entender los mecanismos de los que se sirve el poder para sustentar su dominación.

Este libro plantea la importancia de determinadas imposiciones históricas como el Sistema Métrico Decimal, el reloj o la fábrica a la hora de analizar críticamente las causas y consecuencias de las nuevas imposiciones que el sistema tecnológico camufla en forma de necesidades (Internet y la acumulación de datos, la seguridad y la videovigilancia…).

Del mismo modo es importante conocer de qué forma se desarrollaron las resistencias a estas innovaciones ya que servirán de ayuda a quienes enfrentan la sociedad tecnológica del siglo XXI como un leviatán al que intentar derrotar.

Ahora puedes descargar este libro, publicado hace apenas dos meses, del que también se puede acceder a la versión impresa, cuya edición consta de 100 ejemplares numerados con portada en xilografía, escribiendo a blogmoai@gmail.com para solicitar tu ejemplar.

Historia del Trabajo II - Formación de la clase obrera




La clase obrera no surgió como el Sol, en un momento determinado. Estuvo presente en su propia formación. Con esta tajante afirmación que hacía hace más de 50 años E.P. Thompson, vamos a intentar adentrarnos en la historia de los orígenes de esa clase obrera, a través de sus formas de vida, sus valores, sus tradiciones, sus relaciones, sus ideas, sus instituciones, sus resistencias, sus experiencias colectivas.

Junto con el historiador Rafael Ruzafa, intentaremos ponerle rostro a esos migrantes del campo a la ciudad, a esos artesanos sin gremios, a esos hiladores fabriles, a esos trabajadores de las minas, de los talleres...

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Historia del Trabajo I - Artesanos y Gremios


Esta semana Iniciamos un ciclo de programas sobre la historia del trabajo.
                                                         
En este primer episodio, junto con el historiador Jose A. Nieto, nos vamos a centrar en el artesanado urbano, que se formó durante la Edad Media y que durante siglos fue el principal productor de manufacturas de la Europa preindustrial. 
Un artesanado con sus propios valores, sus propios oficios, sus gremios, sus propias concepciones del trabajo. Un artesanado que, mantendría su autonomía, hasta bien entrado el siglo XIX, cuando el modo de producción capitalista terminó de emerger.

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Trabajar mata lento




«Muerte a la política»




«Muerte a la política»

Si la política no fuese más que la de los «políticos», bastaría con apagar la tele y la radio para no volver a oír hablar de ella. Pero resulta que Francia, que solo para la galería es el «país-de-los-derechos-humanos», es más bien y sin lugar a dudas el país del poder. En Francia, todas las relaciones sociales son relaciones de poder, ¿y qué queda sin haberse socializado? Por eso, en este país hay política en todos los estratos. En las asociaciones y en los colectivos. En los pueblos y en las empresas. En los entornos, en cualquier entorno. Por todos lados maniobra, interviene, busca hacerse querer, pero no habla francamente porque tiene miedo. La política es, en Francia, una enfermedad cultural. En cuanto la gente se junta, sea cual sea la meta, sea cual sea el objetivo, y si la cosa dura un poco, se estructura como una pequeña sociedad cortesana, y siempre hay alguno que se toma por el Rey Sol [...].

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Comité Invisible  www.pepitas.net/libro/ahora


La tragedia de morir trabajando





El pasado 7 de julio, durante una actuación del macrofestival Mad Cool, falleció el acróbata Pedro Aunión Monroy. De acuerdo con las estadísticas oficiales del Ministerio de Trabajo, su muerte sería una de las dos diarias que se producen en los puestos de trabajo. La particularidad de ésta es que tuvo lugar ante 50.000 personas, lo cual – añadido al morbo que supuso que el festival no se cancelara en todo el fin de semana – sirvió para poner en el foco de atención mediático y social la siniestralidad laboral durante unos días. Eso sí, siempre poniendo énfasis en los errores humanos y no en las largas jornadas laborales y en las pocas horas que se destinan al ensayo y prevención de riesgos. Pero el día 13 otro dramático caso acapararía las portadas: un trabajador de 54 años moría por trabajar asfaltando una carretera de Sevilla en plena ola de calor, a más de 39ºC. En esta ocasión nadie pudo ocultar la responsabilidad de su jefe, que a pesar de conocer las alertas le ordenó seguir trabajando. La empresa Construcciones Maygar ya ha sido denunciada por este suceso.

Hemos de tener en cuenta que la siniestralidad laboral es mucho más común de lo que parece. En el año 2016, 629 personas murieron en el Estado español en el tajo. En el momento en que escribimos este artículo, las cifras que manejamos son que 203 personas fallecieron en el 2017. Reproducimos a continuación el artículo “Cuando el trabajo se cobra la vida”, publicado por Miguel Ezquiaga en CTXT, en memoria de Pedro y de todas las personas que pierden la vida trabajando.

Cuando el trabajo se cobra la vida

Suspendida a treinta metros de altura, una caja iluminada volaba sobre el público del festival Mad Cool. En su interior, el acróbata Pedro Aunión pirueteaba al ritmo de la música. Un cuerpo –el suyo– que ocupaba aquel poliedro con movimientos ligeros y pausados. Sin embargo, los años de carrera como bailarín aéreo no evitaron que algo fallara. Cuando Aunión quiso cambiar el cable corto al que estaba sujeto por otra goma elástica y más larga para descensos, terminó precipitándose al vacío. Las pantallas del recinto retransmitieron su caída, pero el evento siguió adelante; las primeras explicaciones de la organización llegarían cuatro horas después. Aún sin conocer lo sucedido, un profético Billie Joe, de la banda Green Day, cantaba en el tema inaugural de su actuación que el silencio es el enemigo. Al tiempo, a escasos metros del escenario, la policía científica tomaba pruebas del lugar de los hechos.

Según el Ministerio de Empleo, en 2016 se produjeron 566.335 accidentes laborales con baja en nuestro país; 36.987 más que en 2015. De ellos, 629 resultaron mortales. Este último repunte de la siniestralidad también queda confirmado durante el primer cuatrimestre de 2017: un 4% más que en el mismo periodo del año anterior. “Desde un punto de vista técnico, cualquier accidente que suceda en el ámbito laboral es un accidente de trabajo, independientemente de la causa primaria”, explica Pedro J. Linares, secretario de Salud Laboral de CC.OO.

“La siniestralidad supone el fracaso anterior de un sistema preventivo. Deben existir elementos de seguridad suficientes para que los errores humanos no desencadenen incidentes de trabajo”, agrega Linares. La citada estadística solo recoge como accidentes aquellos sucedidos entre la población activa con cobertura en materia de siniestralidad. Los autónomos no aparecen en ella. “Los números son alarmantes, pero ni siquiera reflejan toda la gravedad del asunto”, señala Linares. Este recuento tampoco tiene en cuenta las enfermedades profesionales, aunque estas puedan disminuir la esperanza de vida.

Hace diez años los accidentes laborales contabilizados superaban el millón de casos, si bien el fenómeno se ensañaba especialmente con los sectores de la construcción y la industria. Con la llegada de la crisis económica, esta clase de sucesos se ha generalizado. Linares señala el marco de relaciones laborales y la precariedad como verdugos: “La siniestralidad no sucede aleatoriamente. Es efecto del tipo de mercado de trabajo que hemos configurado, donde el 25% de los contratos firmados dura menos de una semana, el 35% menos de un mes y las relaciones laborales se han individualizado radicalmente”, asegura. En el primer cuatrimestre del año han fallecido 168 trabajadores.

La temporalidad hace de la prevención de riesgos una quimera materialmente imposible. “Al trabajador no le da tiempo a conocer su propia tarea –para atender a los riesgos que esta conlleva– y al empresario no le merece la pena invertir en programas formativos”, advierte Linares, que también señala un incremento de la presión sobre el empleado tras los recortes de plantilla. “Observamos una carga desmesurada como forma de sacar adelante la tarea contando con menos personal. Con la imposición de este tipo de sistemas, es difícil que las medidas de seguridad encuentren acomodo”, explica.

“Tampoco suelen existir protocolos de coordinación entre las múltiples subcontrataciones que coinciden en un mismo espacio”, anota Linares. En esa cadena la prevención se diluye: durante el ensamblaje de las gradas en la Gran Fira de València, un trabajador caía al suelo y entraba en coma. Tras una semana en situación de muerte cerebral, fallecía el pasado 4 de julio. “Habitualmente hacemos jornadas de 12 y 14 horas para cumplir con los plazos de montaje y desmontaje”, afirma Xavier. Aquel día un dolor de espalda le impidió salir de la cama. No presenció el traspié de su compañero sobre el andamio, pero conoce el peligro del oficio cuando hay prisa. La misma celeridad que la noche del fallecimiento de Aunión auspició el espectáculo sin un ensayo general.

Linares defiende que los niveles de desempleo obligan a la asunción de condiciones que en otro tiempo no se aceptarían. “Hay muchas dificultades para integrarse en otro puesto y la conservación del mismo prima sobre todo lo demás”. Como advierte, las sucesivas normas han construido un “marco legal de unilateralidad” donde el empresario goza de mayor capacidad para el ejercicio de sus intereses, en detrimento del trabajador. “Para defender adecuadamente nuestros derechos necesitamos una vuelta a la negociación colectiva” anterior a la reforma de 2010.

La movilidad laboral fragmenta la mano de obra, “desvertebra la clase obrera”, subraya Linares. Su reto consiste en revertir el “déficit propio” que les dificulta llegar hasta los sectores más precarizados. “Da igual lo desmenuzado que esté, queremos que cualquier colectivo entienda la utilidad del sindicato para defender los derechos de los trabajadores”. “En materia de siniestralidad tenemos por delante una enorme tarea de pedagogía social”, añade, “debemos impulsar la concepción de que trabajo y accidente no tienen por qué estar relacionados. Existe capacidad técnica suficiente para incorporar medidas protectoras en todos los ámbitos”.

En la entrada del Mad Cool se concentraron varias decenas de personas que exigían la depuración de responsabilidades ante la muerte de Aunión. Al costado, otros miles hacían cola para acceder al recinto y disfrutar de la programación. La papelera más próxima dejaba entrever un puñado de pulseras cortadas del festival; propiedad, tal vez, de quienes no podían hacer como si nada. Pedro, hermano, nosotros no olvidamos, corearon. Allí no ondeó la insignia de ninguno de los sindicatos mayoritarios.


El sector agrario y la construcción, los más castigados

Como explica el artículo que acabamos de compartir, la temporalidad hace estragos entre los/as trabajadores/as precarios/as. Por eso, de acuerdo con el artículo “Las muertes por accidentes laborales ascienden un 9% en solo un año”, publicado por Ana Isabel Cordobés en el portal Cuarta Información, “desde el año 2012, el índice de mortalidad de trabajadores en el sector agrario ha ascendido de manera brutal. Esta cifra, que ya contempla la evolución en el número de trabajadores por sector y actividad, refleja la gravedad del asunto. En aquel año, se situaba en 6 fallecidos por cada 100.000 trabajadores. En 2016, ascendió hasta 10. Y en los primeros cinco meses de 2017, el número de accidentes mortales en este sector ha subido un 5,1%”.

Otra de las actividades en las que se observa un repunte en el número de accidentes mortales es la construcción, acompañado de una mayor actividad tras la lenta recuperación del sector del ladrillo tras la crisis que se inició en 2008. Los datos hablan por sí solos: en la evolución interanual, mientras que el número de ocupados tan solo ha aumentado un 4%, el índice de accidentes mortales en el sector ha subido un 33,6%, según datos del Ministerio de Empleo.

Según nos relata Cordobés, en lo que va de año han muerto “203 trabajadores durante su jornada laboral. De ellos, un 29% eran conductores y operarios de maquinaria móvil, un 13% peones de la agricultura, pesca y construcción, y otro 13%, trabajadores de la construcción”. Si bien estos números no sorprenden a nadie, no debemos obviarlos cada vez que recordemos la paradoja que supone que en nuestra sociedad se premia el pertenecer a una clase social en la que el acceso a la educación es más fácil y que los trabajos denominados poco cualificados, con la tasa de mortalidad tan elevada, son los peor retribuidos.

Según publicó Sermos Galiza el mes pasado, Galicia es la Comunidad Autónoma con mayor tasa de siniestralidad laboral, duplicando su tasa a la media estatal.
La normalización de la muerte

¿Qué está pasando? ¿Por qué cada vez que muere alguien en el trabajo no aparece en los medios? ¿Importa menos que un hechos se repita 600 veces en un año para las familias? ¿Acaso hemos naturalizado la muerte? Cuando Pedro se precipitó al vacío no fue presenciado por las 50.000 personas que se encontraban presentes, pero varios centenares de ellas sí lo vieron, y continuaron de fiesta al ritmo de Green Day. La organización no suspendió en el momento el festival alegando razones de seguridad, pero al día siguiente, no existiendo ningún riesgo de alteración del orden, siguió adelante y no lo canceló.

La muerte del trabajador en Sevilla apareció en la prensa por la particularidad que supuso que un hombre muriera de un golpe de calor la misma semana que se alcanzó el récord histórico de calor en la península: 47ºC. Puesto que lo previsible es que esta cifra se vaya a repetir en el futuro que nos espera gracias al cambio climático, este tipo de noticias terminarán por normalizarse también y se dejará de hablar de ellas.


Esperemos que, por lo menos, su muerte sirva para lograr algún avance en derechos sociales. Quizás el futuro nos depare convenios colectivos que tengan en cuenta los meses de más calor, como el que se aprobó el 26 de junio de 1936 en Sevilla, cuyo artículo 6 estipulaba que “la jornada será de seis horas diarias y treinta y seis semanales, desde el primero de octubre hasta el 30 de marzo se repartirá de nueve a doce de la mañana y de una a cuatro de la tarde. En los meses de primero de abril a treinta de septiembre la jornada será de seis a doce de la mañana” (más información en el artículo “Así era el convenio laboral que regulaba el calor (y la lluvia) en 1936”, por Olivia Carballar, publicado en La Marea).



Así era el convenio laboral que regulaba el calor (y la lluvia) en 1936


El documento, firmado en Sevilla por la sección de albañiles del SUC y la patronal a menos de un mes del golpe franquista, establecía la jornada de 36 horas semanales y lograba importantes avances sociales.

Un libro editado por CGT-A analiza las bases negociadas, que apenas estuvieron en vigor 20 días.


“La jornada será de seis horas diarias y treinta y seis semanales, desde el primero de octubre hasta el 30 de marzo se repartirá de nueve a doce de la mañana y de una a cuatro de la tarde. En los meses de primero de abril a treinta de septiembre la jornada será de seis a doce de la mañana”. Es el artículo 6 del convenio colectivo firmado por la sección de albañiles del Sindicato Único de la Construcción (SUC) y la patronal de la industria el 26 de junio de 1936 en Sevilla, a menos de un mes del golpe de Estado franquista.

El documento está recogido en uno de los primeros trabajos de investigación realizados por el grupo de memoria de GCT-A, que lo recupera ahora como ejemplo de las conquistas sindicales ante la última muerte, en julio de 2017, de un trabajador en Morón de la Frontera en plena ola de calor. Se titula La jornada de seis horas de 1936 y está escrito por los historiadores Antonio Miguel Bernal Rodríguez, José Luis Gutiérrez Molina y el catedrático de Derecho Manuel Ramón Alarcón Caracuel.

Tras el triunfo del Frente Popular, explica Bernal Rodríguez en el prólogo, los trabajadores anarcosindicalistas de la construcción comenzaron a elaborar nuevas bases de trabajo de acuerdo a las orientaciones y directrices establecidas en el congreso confederal de la CNT, donde la reducción de la jornada era la cuestión prioritaria. “Las bases negociadas en 1936 son un magnífico ejemplo de la madurez del movimiento obrero sevillano y de la trayectoria del anarcosindicalismo, de la ‘idea’ como compromiso de transformación y creación de un mundo más libre e igualitario”, escribe en la introducción el responsable del grupo de memoria, Cecilio Gordillo. El convenio apenas estuvo en vigor 20 días. 

La reivindicación más importante –y la que más divergencias creaba con la patronal– era, por tanto, la reducción de la jornada a 36 horas. “No sólo por el aumento de trabajadores empleados que su aplicación implicaba, sino también porque el salario real –con relación al tiempo trabajado– aumentaba”, sostiene Gutiérrez Molina. Frente a las 12,24 pesetas diarias que se pagaban hasta entonces por ocho horas, los sindicalistas pedían ahora 12 pesetas por seis horas. Además, con la idea de reducir el paro, exigían la prohibición de contratar destajos y realizar horas extras. Aunque este punto ya estaba incluido en las bases anteriores de 1931, ahora la posibilidad de realizarlas por causas extraordinarias –urgencia o peligro– quedaba a la decisión del sindicato.

El convenio también regulaba la paralización del trabajo por lluvia: “[En ese caso] (no considerándose motivo para no empezar el trabajo el que esté nublado) el patrono abonará a todos los obreros el jornal íntegro, estando los trabajadores obligados a permanecer en el tajo durante el tiempo de la jornada, aprovechándose el tiempo que sea posible”, especifica el punto 7. Los jornales perdidos por falta de materiales y causas ajenas a los trabajadores tendrían que ser abonados de manera íntegra. 

Sobre las cuestiones de vital importancia para el obrero como enfermedad, vacaciones, movilidad, categoría profesional o situaciones específicas de algunos oficios, el convenio recogía avances sustanciales. Entre ellas, el abono de ocho u once salarios por enfermedad, el disfrute de una semana de vacaciones pagadas al año y la conservación de la categoría con la que se entraba en una obra durante su ejecución. El trabajador también tenía que tener un día pagado por el nacimiento de un hijo estuviera o no casado. Y los detenidos por cuestiones sociales también tenían que conservar los derechos sobre vacaciones y despidos. 

Si la obra iba a acabar o el constructor quería prescindir de algún obrero tendría que avisarle con ocho días de antelación y proporcionarle dos horas diarias libres –o pagarle en la liquidación 16 horas extras– para que se buscara un nuevo empleo. “Era una conquista obtenida en 1931 –aclara Gutiérrez Molina– pero que ahora llevaba anexa la regulación de un problema que se presentaba habitualmente. En muchas ocasiones, el albañil, el palaustre, o el ayudante llevaba consigo su propia cuadrilla de peones. Pero también estaban los peones sueltos contratados por el patrono o que acudían al nuevo tajo en busca de trabajo. Situación que provocaba numerosos conflictos”. Elconcepto de desplazamiento había generado igualmente controversias por la ambigüedad de las zonas que se consideraban extrarradio, y en este convenio de 1936 fueron especificados los lugares que señalaban el límite de la ciudad. “Los trabajos realizados fuera de la localidad se abonarán con un 50 por ciento de aumento sobre el jornal, viaje y fonda pagada. El obrero tendrá derecho al pago de transporte cada quince días para visitar a su familia. Este transporte correrá por cuenta del patrono sin que éste pueda desquitarle nada al obrero de su jornal”, reza el punto 21. Solo se reconocía como festivo el domingo.

Reconocimiento de los sindicatos

Más allá de las conquistas laborales, el éxito de la negociación de este convenio suponía un logro de especial trascendencia: el reconocimiento de la capacidad representativa de las organizaciones obreras, cuestionadas desde siempre cuando no negadas por los empresarios, reflexiona el historiador: “En los convulsos primeros años veinte y, aun durante la república, había estado presente en casi todos los conflictos. Los socialistas habían intentado la aprobación de una ley de control obrero que encontró una fuerte resistencia de las derechas. En junio de 1936, el contrato propuesto por el SUC significaba que pasaba a sus manos tanto el régimen de trabajo en las obras como la contratación”. 

La reunión entre los sindicalistas y la patronal comenzó el 25 de junio por la tarde. Tras diez horas, bien entrada la madrugada del día 26, patronos y obreros estamparon sus firmas al pie del documento con todas las propuestas. Entre las rúbricas identificables, el libro señala los nombres de Manuel Rojas, familiar del ganadero Gabriel Rojas, José María Jiménez, en representación de la Sociedad Anónima de Construcciones, propiedad de la familia Rojas Marcos, Antonio Durán, Ángel Mensaque y Pedro Colomé. Otro importante dirigente de la patronal sevillana era Barráu. Su aprobación iba a poder extenderse también fuera la capital andaluza. Según Gutiérrez Molina, pocos minutos después de la firma, Juan Arcas, secretario del comité sindical, envió sendos telegramas a los sindicatos de la construcción de Madrid y Valencia en los que les anunciaba que habían alcanzado las 36 horas. En Valencia se acababa de firmar unas bases en las que se recogían las 40 horas. “Y los madrileños, desde comienzos de junio, estaban inmersos en una dura huelga –junto a la Federación Local de la Edificación de la UGT– en la que no solo se jugaba la mejora de las condiciones de trabajo o la jornada de 36 horas, sino también la primacía sindical en la capital del reino en un ramo que reunía a más de cincuenta mil trabajadores”, resume Gutiérrez Molina. 

El convenio de Sevilla fue ratificado en una asamblea general del sindicato el 28 de junio y entró en vigor al día siguiente. “La duración de este contrato colectivo es por tiempo indefinido mientras los obreros afectos a la Sección de Albañiles del Sindicato Único del Ramo de Construcción no tenga por conveniente su modificación”, finaliza el documento. Menos de 20 días después, el 18 de julio, aquellas conquistas –como tantas otras– saltaron por los aires. “Para los sublevados no se trataba sólo de sustituir las instituciones y personas del régimen republicano sino de borrar de la faz de la tierra a la ‘otra España’ eliminándola físicamente. El anarcosindicalismo formaba parte de los llamados a desaparecer”, concluye el historiador. 

Hasta 1936, Andalucía fue una de las más importantes federaciones del anarcosindicalismoespañol por el número de sus afiliados, actividad de sus sindicatos y personalidad de sus militantes. “Los oficios de la construcción fueron un vivero constante de destacados militantes del anarquismo sevillano. Algunos de sus nombres más conocidos fueron albañiles, ladrilleros o trabajadores de la fábrica de La Cartuja. La mayoría de ellos nacidos en pueblos de la provincia y que acudieron a la capital atraídos por la posibilidad de encontrar trabajo”, destaca Gutiérrez Molina. Pone como ejemplos a Juan Negroles del Valle, Manuel Viejo Artal y los hermanos Juan, Miguel y Julián Arcas Moreda. “Incluso quien llegaría a ser el político sevillano más destacado de este siglo, Diego Martínez Barrio, hijo de albañil, trabajó en ese oficio durante su juventud e ingresó en los grupos anarquistas antes de convertirse en tipógrafo, republicano y cabeza máxima de la masonería española”. El libro está dedicado a Manuel Ramírez Castillo, maestro albañil y anarcosindicalista. 





Los orígenes de la familia capitalista, la escuela y el patriarcado salarial




"En la sociedad precapitalista patriarcal, la casa y la familia eran centrales para la producción agrícola y artesanal. Con el advenimiento del capitalismo, la socialización de la producción se organizó con la fábrica como centro. Los que trabajaban en los nuevos centros productivos recibían un salario. Los que eran excluidos, no. Las mujeres, los niños y los ancianos perdieron el poder relativo que se derivaba de que la familia dependiera del trabajo de ellos, el cual se consideraba social y necesario. El capital, al destruir la familia, la comunidad y la producción como un todo, ha concentrado, por un lado, la producción social básica en la fábrica y la oficina, y, por otro, ha separado al hombre de la familia y lo ha convertido en un trabajador asalariado. Ha descargado en las espaldas de los hombres el peso de la responsabilidad económica de mujeres, niños, ancianos y enfermos: en una palabra, de todos los que no perciben salarios. A partir de este momento comenzó a expulsarse de la casa a todos los que no procreaban ni atendían a los que trabajaban por un salario. Los primeros en ser excluidos de la casa, después de los hombres, fueron los niños: se les mandó a la escuela. La familia dejó de ser no sólo el centro productivo sino también el centro educativo"

Seguir leyendo: https://noticiasyanarquia.blogspot.com.es/2015/06/los-origenes-de-la-familia-capitalista.html


Your boss is not your friend



El 31% de las 2.059 personas sin hogar de Madrid tiene trabajo y 59% estudios superiores


Un 31,4% de las 2.059 personas sin hogar contabilizados en Madrid tienen trabajo mientras que el 58,9% cuenta con estudios superiores, según el último recuento de personas sin hogar de Madrid, realizado el pasado 15 de diciembre, del que ha dado cuenta este martes la delegada de Equidad, Derechos Sociales y Empleo, Marta Higueras, en la comisión del ramo y que recoge Europa Press. 

Un 42% de las personas sin hogar ha sido víctima de agresiones en la calle, recoge el informe del que ha dado cuenta la delegada de Equidad, Derechos Sociales y Empleo, Marta Higueras, sobre el último recuento de personas sin hogar de Madrid, realizado el pasado 15 de diciembre.




Ha dado un resultado total de 2.059 casos, en los que en un 63 por ciento se han visto obligados a dormir en la calle por la falta de trabajo y en el 13,4 por ciento por la falta de papeles. La falta de dinero es la segunda razón para acabar durmiendo en la calle (26,1%), seguido por los papeles, una ruptura afectiva (11,8%), el alcohol (7,6%), como opción voluntaria (6,7%), por enfermedad (2,5%) o por drogas (1,7%).

De las 2.059 personas, 414 de ellas (20%) han sido alojadas en pisos; 1.121 (54%) en centros y 524 personas fueron detectadas en calle (26%). Las personas sin hogar se concentran en Centro (34,7%), Arganzuela (13,4%), Moncloa-Aravaca (10,5%), Chamberí (10,2%), Salamanca (8,8%) o Chamartín (6,2%).

La mayoría son hombres (71%), de entre 40 a 49 años (33,6%). No se registró a nadie menor de 20 años pero sí un 14,7 por ciento tienen más de 60 años. Un 7,8 por ciento tienen entre 20 y 29 años. La mayoría (52,5%) son solteros. Un 24 por ciento están casados, un 12 por ciento divorciados. El 58,9 por ciento tienen estudios superiores.

El 36 por ciento son españoles. El resto se reparte entre rumanos (39,6%), marroquíes (13,2%) y otras nacionalidades como búlgaros, polacos, rusos, ucranianos, serbios, nigerianos, ecutorianos, brasileños...

El 18,8% está apuntado en el INEM. El 42% obtiene sus ingresos pidiendo en la calle frente al 20%, que lo hace de su trabajo. La renta mínima provee de recursos en el 14 por ciento de los casos o las ayudas a la discapacidad en el 6% de los casos. 

Otras fuentes de financiación son amigos (4%), la seguridad social (4%), familiares (3%), pensión de vejez (2%) y seguro de paro (1%).